ÁRBOL

Caminar. Caminar es algo que por suerte hago todos los días. Paseos sin rumbo, paseos con destino marcado. Caminar. Caminar es lo que me ha enseñado a admirar todo lo que me rodea, los olores, los colores, los sonidos, que se han convertido en mis compañeros de camino. Y de entre todos estos compañeros, esperando, siempre en el mismo sitio, están ellos, los árboles. Los miro, los observo, los amo, y deseo siempre en mi interior ser cómo ellos, aprender a ser un árbol.

Este último mes lo tuve claro, caminaba a diario por una plaza donde el sol brillaba con fuerza y aceleraba mi paso hasta llegar a un grupo de árboles que me cobijaban con su sombra. Durante cuarenta días he hecho el mismo trayecto, y de repente, el sol ya no brillaba tanto, ya no corría a cobijarme bajo los árboles, y cuando llegué hasta ellos, ya no daban tanta sombra, habían ido perdiendo sus hojas, día tras día, casi imperceptiblemente, hasta que llegó el día en que yo ya no necesitaba su sombra, y ellos, desde el silencio más absoluto, la habían retirado para que el sol pudiera seguir calentando mi cuerpo. Deseo ser como un árbol, deseo saber cuándo dar mi sombra y cuando retirarla.

Pero hay algo más que me han enseñado durante mis paseos, y es la importancia de sus raíces, de mis raícetree-trunk-569275_1920s. Admiro a esos grandes árboles, que dan una sombra enorme de bajo de la cual puedes pasar horas enteras.  Lo más grande de ellos está en sus raíces, en la parte que no vemos. Si no hubiera unas enormes raíces, bien asentadas en la tierra, no existiría esa sombra donde tanto me gusta estar, esa sombra que año tras año sigue ahí, durante décadas, porque hay una base firme que las sostiene. Eso es algo que también deseo, saber cómo son mis raíces para saber cuánto cobijo puedo dar y seguir caminando para que mis raíces crezcan y se asienten bien en la tierra.

Hay un proverbio zen que resume mi admiración por los árboles: Los árboles meditan en invierno, gracias a ello florecen en primavera, dan sombra y frutos en verano y se despojan de lo superfluo en otoño, yo sigo en mi particular otoño, esperando para entrar completamente en el invierno y que se cumpla mi deseo de ser un árbol.

 

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Esfuerzo

Nunca se es demasiado grande para aprender, ni demasiado pequeño para enseñar, esto es algo que tengo claro desde que paso la mayor parte del dia con niños, ya que fue una niña, hace ahora dos años, la que me recordó que todo se consigue con esfuerzo, teniendo clara tu dirección, si tienes claro que es esa, y no otra, tu propia dirección.

      Hace un par de años estaba saliendo de una burbuja de euforia en la que había entrado casi sin saber cómo, una burbuja que me velaba parte de mi realidad, que me tenía demasiado cerca del cielo, haciéndome olvidar por momentos que hoy por hoy pertenezco a la tierra. Fue entonces cuando la escuché silbar, una niña me miró fijamente y silbó, una niña que meses antes me había dicho que había decidido que quería aprender a silbar. Y silbó, y sus ojos brillaron, pero no era esa euforia, esa irrealidad en la que yo me había perdido y que hacía que mi mirada rozara el infinito sin saber lo que tenía bajo mis pies, era simple y llanamente satisfacción personal, orgullo por un trabajo bien hecho, alegría por llegar a su propia meta. Tuvo aquella niña la generosidad de regalarme este aprendizaje, el de la satisfacción conseguida después del esfuerzo, después de todos esos meses soplándole al mismo aire sin obtener ni un leve sonido, a través de ese silbido, que cada vez que escucho de sus labios me hace recordar que la única manera de vivir en la Tierra es con los pies bien metidos en ella.

     Vivimos últimamente en una especie de letargo, lleeno de frases preciosas pero vacías de significado, ya que todo lo que no proviene de tu propia experiencia está vacío, no tiene vida. Y esta irrealidad que respiramos en muchas áreas de nuestra vida nos ha hecho olvidar laa importancia del esfuerzo, que nada tiene que ver ni con sufrimiento ni con esclavitud, sino con saber que para llegar a tu meta tienes que andar pasos de todos los colores, y no sólo de color rosa, y a ser posible, con purpurina.

     Por eso es tan importante saber hacia donde vas, cual es tu dirección, saberlo tú, sin que nadie venga a decírtelo. ¿Y cómo sé cual es mi meta hacia dónde dirijo mi esfuerzo? Escuchandote, observandote, viendo cual es tu inclinación natural.

Como en cualquier proyecto que se empieza, el primer paso, el de escuchar a la musa que te viene a hablar de eso que está esperando salir a través de ti, ponerle un nombre y así comenzar a tangibilizarlo, es el paso más importante, y de ahí, poco a poco, hacia la meta, con esfuerzo, esfuerzo que proviene de tu propio fuego interno.

Así que en los momentos difíciles, en eso de por qué me habré metido yo en esto, no permitas que Epimeteo se apodere de tí, ese que solo sabe mirar hacia atrás, y que no era muy inteligente. Deja que se apodere de tí Prometeo, el otro hermano, el que mira hacia delante, el que robó el fuego a los dioses, para que te recuerde dónde está tu propio fuego interno.

 

esfuerzo

 

Valorarse

No sé cuántos millones de veces me han dicho en esta vida que no me valoro, que no veo el potencial que hay en mi. Y en estos días, no es que se haya producido ningún milagro que haya hecho que vea lo que los demás ven, pero me he dado cuenta de que un poco ciega si que estaba, y de esto me he dado cuenta de la mano del personaje más absurdo y estúpido que la animación ha creado, el gallo de Vaiana.

Este gallo del que no recuerdo ni el nombre, pasa el día picoteando sin sentido, sin saber ni lo que come, llega a comerse una piedra y se sorprende solo cuando ya se la ha tragado. Ese momento me tocó el corazón, la de veces que yo habré hecho eso, comer lo que pillo porque es lo que toca, por puro instinto animal, sin respetar lo más mínimo mi cuerpo, qué más da. A partir de ese momento no podía dejar de observar a ese gallo, que de repente se ve envuelto en una gran aventura, junto a una heroína y un semidios( ahí es nada), en la que no deja de caer una y otra vez al agua, no protege su propia vida, le da igual. Otro momento de toque, esta vez, directamente a mi alma. La de veces que me he preguntado qué pinto yo aquí en este mundo y he andado despistada, momentos en que me hubiera dado igual si seguir o no. Pero ese gallo sigue ahí, contra viento y marea, junto a una heroína y un semidios, y eso también me recuerda las veces que he querido perderme en mi tristeza y algún héroe o heroína, a veces provenientes de mi propio interior, han venido a rescatarme, y me recuerda lo poco que me gusta tener cerca a un semidios, esos personajes que creen tener el poder de los dioses, y el poco poder que tienen es superado con creces por el afán de fama del humano. Y entonces llega el clímax de la película y cuando la heroína está a punto de completar su misión, el corazón de la diosa que estaba a punto de volver a su lugar, se cae. Y este gallo insulso, que no sabe ni lo que come, ni por qué está donde está, ni por qué se cae al agua, lo recoge, se lo entrega a la heroína y se produce el esperado final, mientras el pobre animal sigue con su vida insulsa sin ser consciente de la extrema importancia de su existencia. Obviamente, llegado este momento, me sonrío escuchando a La Vida diciéndome a voces que por más que huya ella me ama y sabe por qué me ha traído hasta aquí.

A partir de aquí empieza la alquimia, la magia que hace que me de cuenta de que es verdad que hay algo que no estoy viendo.  Todo empezó el lunes por la noche, cuando cenaba con Mapi y con Sandra, y hablábamos de libros y de películas. Los libros son muy importantes en mi vida, los personajes que te transmiten su propia vida, las historias que te muestran las mil y una caras del ser humano, y hablando y hablando llegamos a las películas “infantiles”. Les comenté que mis preferidas cuando era pequeña eran La Bella y la Bestia( que suena de fondo entreteniendo a Helena mientras escribo estas líneas, porque ella quiere ser como Bella y leer muchos libros) y El Jorobado de Notre Dame. Pues va a ser que los personajes que no se valoran por lo que son y no son capaces de ver lo que otros ven en ellos me han llamado siempre la atención. Tendré que empezar a creer que hay algo de estos personajes dentro de mí, porque desde mi más tierna infancia me he fijado en ellos. Días después llega mi hija, y ya sabeis los que teneis seres de estatura baja a vuestro alrededor,  que tienen la peculiar virtud de darte donde más te duele, y me pregunta:” ¿Cuál es el libro que más te ha gustado de toda tu vida?”, y contesto sin dudar, Cyrano de Bergerac. Sé que no es muy fino ni educado, pero en ese momento pensé: Mierda, otra vez. Otra vez que me gusta el mismo personaje, el que no es capaz de verse a sí mismo por más que se lo digan los demás. Así que me ceguera absoluta empieza, poco a poco y con paciencia, a vislumbrar sombras en la luz.

Y escucho a La Vida reírse a carcajadas, porque ha tenido que recurrir al humor absurdo y al esperpento para que me de cuenta de una santa vez de hacia donde se ha ido dirigiendo siempre mi mirada, “por fin te has dado cuenta”, la escucho decir entre risas, igual que una madre cuando su hijo descubre algo que para un adulto está más que claro. Pues sí, por fin me he dado cuenta.

Y por si algún día se me olvida, tengo el recuerdo de Roxane, en el patio del convento, minutos antes de  morir Cyrano:

¿Por qué callasteis durante tantos años?

Si esta letra es tu letra, si el alma era la tuya…

Por fin me he dado cuenta, de que por más que huyas de tu propio brillo, La Vida siempre tiene un plan para sacarlo a relucir.

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Final

Hay momentos en los que uno corre tanto que no sabe cómo parar, no sabe por dónde ha pasado, no sabe con quién se ha cruzado. Cuántas veces hemos hecho un camino de forma tan automatizada que a la hora de llegar a casa no recuerdas ni cómo has llegado, sólo que has llegado. Sólo que has llegado. Y allí estás, en la puerta de tu casa, pensando en que has salido del trabajo, ahora estás en casa y no sabes lo que ha pasado en medio.

Lo que ha pasado es tu vida, simplemente tu vida, y no has estado presente para saber que ha pasado. Está mañana he pensado en el momento de mi  muerte, en el momento de volver a casa, y en que me gustaría saber cómo he llegado hasta allí, recordar las calles que he pasado, las personas con las que me he cruzado, las palabras que han sonado, la música que he bailado y los abrazos que he dado.

Esta mañana he pensado en el momento de mi muerte, y en si me arrepentiría de algo, en cómo acabaría la frase Ojalá hubiera…Me ha sorprendido mi respuesta interna, porque lo primero que he visto ha sido a mi pareja y a mis hijas, de viaje en Irlanda, así que ya sabemos el destino de las próximas vacaciones. Y luego he visto otra respuesta, y esa respuesta me ha sorprendido aún más, porque suponía, pensaba, razonaba, que eso ya lo estaba haciendo.

Pero hay momentos en los que uno no sabe por dónde ha pasado, ni con quién se ha cruzado, y esta mañana, he pensado en mi muerte, y he comprendido que da igual lo que hagas si no lo sientes, que mi mente en su ansía de control controlaba hasta mis sueños, me decía tú sueña lo que quieras, pero hazlo de esta manera. Y esta mañana he pensado en mi muerte, y he sentido que ahora mismo me encontraba en un ángulo muerto del camino a casa, que a veces me hacía sentir que no estaba, y eso me hacía dar un paso sin recordar cómo lo había hecho. Pero estaba ahí, en mi camino hacia casa, y moviendo un poco el retrovisor de mi vida he podido sentir que mis piernas se elevaban otra vez.

Esta mañana he pensado en mi muerte, y extrañamente se ha convertido en mi gran compañera, en mi gran aliada, para sentir la vida. Ojalá que cuando llegue al final del camino sienta que unos pasos, unas calles, unas personas, han estado ahí para que yo llegue a casa.

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Sabiduría(Humildad)

     12 de Octubre del 2007. Miro por la ventana en un nublado día de otoño. Estoy pintando el salón de mi nuevo piso, el piso dónde viviré los primeros años con mi pareja, el piso dónde nacerá mi primera hija, el piso en el que sus paredes, que ahora estoy pintando, verían como llegaría a sentir la tristeza en todo su esplendor. Mientras miro por la ventana pienso en como han cambiado las cosas en tan solo un año, y pregunto en voz alta dónde estaría ese mismo día del año siguiente. La respuesta a esa pregunta fue que estaba de resaca de mi boda, que había sido el día anterior, preparando las maletas para coger un avión. Las cosas habían ido todavía más rápido ese año.

     Muchas, pero que muchas veces, viene a mi ese recuerdo, asomada a la ventana, lanzando esa pregunta al viento. Ha sido un instante que he recordado al milímetro, brocha en mano, manchada de pintura color “Amarillo Sáhara”, mirando las nubes grises y asombrada, por primera vez en mi vida, de lo rápido que avanza el tiempo. Recuerdo aquel instante con demasiada frecuencia, y hace tan solo unos días, cuando pintaba el salón del piso dónde vivo ahora, del que ha visto nacer a mi segunda hija, del que también vio mi tristeza en todo su esplendor, del que vio como mi felicidad volvía como nunca antes lo había hecho, pintando las paredes de este salón en el que estoy ahora, de color “Azul Atolón” para tapar, curiosamente, un amarillo que ya no podía soportar ni un día más en mi retina, me di cuenta de la importancia que tuvo ese instante en mi vida, porque me di cuenta de que en ese instante comenzó la cuenta atrás para caer en picado, para empezar a olvidar estructuras mentales que me hacían sentirme segura a través del control, para sacar toda la tristeza que tenía enquistada y para volver a mirarme al espejo. Y allí se activó el reloj que hizo que el tiempo fuese aún más deprisa para vivir todo lo que me había negado. Pero hace unos días mi pared se volvió a pintar, y de repente estos casi nueve años, con sus días, minutos y horas, no habían pasado. Di un brochazo en la pared y me vi allí, en el 12 de Octubre del año 2007, solo que ahora era verano, el sol brillaba y mis manchas eran de color azul, pero era ese mismo, el de hace 9 años, y yo sentía el mismo asombro, y preguntaba al viento como habían cambiado tanto las cosas en el último año. Y lo supe, supe que continuamente estoy activando cuentas atrás, que aunque no sé qué acontecimientos vivirán mis nuevas paredes, verán siempre a esa mujer que pregunta al viento en busca de respuestas, porque es siempre el mismo instante, es el instante de mi vida, y no existe ningún tiempo que me mida. Soy yo siempre, la que pregunta al viento ansiando sabiduría, y lo que se vea desde fuera no es más que el cambio de color de las paredes de mi salón, el adorno que me apetece en ese momento. Y así, sin más, me di cuenta, de que por más que lea, por más que estudie, por más “sabiduría” que acumule, el viento siempre tendrá una respuesta a mis preguntas, y que tendré que emprender un nuevo viaje para encontrarla.

     Ahora, que emprendo un nuevo viaje, distingo claramente las letras del billete de mi nuevo vuelo: Origen: Preguntas Destino: Respuestas Escala: Humildad, porque gracias a otros viajes he aprendido que en Humildad  hay un hotel, donde uno se mira al espejo y ve que todos los adornos desaparecen, entiende porque ha hecho esa pregunta, y comprende que estará allí, hasta que el viento lo lleve a Respuestas.

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Exito

Si hay una palabra que bombardea las redes sociales y el mundo de la comunicación en los últimos años, esa es éxito. Pasamos el día buscando como obtener éxito en nuestra vida, en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, hasta el punto de obsesionarnos y generarnos un sentimiento de culpa si no obtenemos lo que socialmente está reconocido cómo éxito. Y desde hace un tiempo, esto hace que me pregunte que es realmente para mí el éxito.

Desde joven he observado que el éxito se relaciona con el dinero y el estatus social, y es lógico teniendo en cuenta que vivimos, como yo la llamo, en la sociedad de la competición. Ahora que veo a los niños de la edad de mi hija, 4 años, obsesionados con llegar los primeros, con ganar al juego que sea, comparando los juguetes que tienen, la ropa, hasta si los paraguas son de tal o cual personaje, puedo entender mejor el estrés continuo en el que vivimos y esa carrera a ninguna parte en la que todos los días queremos llegar los primeros. Me dicen que están en esa edad, y yo pienso, por supuesto que están en esa edad, están en la edad de copiar a los padres, maestros y a la sociedad en la que viven. Por eso se obsesionan con ganar y ser los primeros, igual que nosotros. Recuerdo una conversación de esas en las que tomas el papel de observador, aunque estés participando en ella, hablábamos del tiempo invertido en llevar a los niños al colegio y mi interlocutor se sentía orgulloso de tardar sólo cinco minutos en coche mientras que yo tardaba quince minutos en el autobús. Esa persona, al igual que yo, tiene un horario flexible de trabajo y al dejar a los niños en el colegio vuelve a su casa. Me preguntaba a mí misma, que prisa tenía en ir tan rápido y me daba cuenta hasta que punto tenemos grabada en nuestra mente la necesidad de competir y llegar los primeros en algo que nos es totalmente intrascendente. Y así pasamos nuestros días, corriendo, agobiados, estresados, porque un simple minuto es la diferencia entre el éxito y el fracaso en nuestra mente, ya que la sociedad se ha encargado de grabárnoslo bien a fuego.

Vivimos tiempos en los que la sociedad pide cambios, y en mi está la esperanza de que estas carreras sin sentido terminen de una vez. Pero entonces observo todos esos vendedores de éxitos y de sueños, que te dicen que si cumples tus verdaderos  sueños tendrás éxito en tu vida, pero no te dicen que ellos también siguen pensando que para tener éxito en tu vida tienes que destacar a nivel social, por supuesto tener dinero, y además con el añadido de tener que estar siempre feliz y súper sonriente, porque si no has fracasado, y te presionan para que sea así, porque si no son ellos los que se sienten fracasados. Lejos de aliviar la competición, el resultado es que se ha vuelto más dura, y el pobre mortal no se atreve ya ni a pensar que es lo que está sintiendo porque el sentimiento de culpa de no lograr el “éxito” en todos los campos de su vida le nubla todo lo demás. Y luego llegamos a las nuevas(o antiguas, depende como se mire) corrientes de espiritualidad, que recientemente se han sumado al carro del éxito, y lo han hecho,como no, desde nuestra concepción occidental. Tenemos la mala costumbre de cambiar y adaptar cosas sencillas que funcionan a la perfección para así creernos que hemos inventado algo, y debido a esto me voy encontarndo gente por el camino que tiene enormes sentimientos de culpa, porque si nos son ricos, o si siguen enfermos, es su decisión. Este tema me molesta especialmente, mejor dicho, me cabrea enormemente, porque aquí estás hablando directamente al corazón de la persona, y se les presiona, siempre hay algo que limpiar, algo que trabajar. Si no consigues salud, dinero y amor, es que tienes que seguir trabajando, sin pensar en la libertad de cada individuo, y me cansa ya escuchar que todo viene del amor supremo cuando lo siguiente al amor, es la libertad. Y digo yo que una parte de aceptar los hechos, el aceptar tu propia causa y efecto, tiene que ver también con la espiritualidad, con esa que ha venido desde el lejano oriente y nosotros nos empeñamos en  modificar. Aunque entre los vendedores de éxitos y gurús espirituales no todo es siempre así, y hay personas que realmente apoyan, escuchan y respetan a quién lo necesita. Y cuando llego a estos momentos de bloqueo, de no saber ya que pensar, es cuando miro hacia el pasado buscando otra perspectiva, y hoy ha llegado mi abuela, desde donde sea que esté descansando, y me ha recordado: Ni Juan, ni Juanillo.

Gracias a ese querer ser los primeros, la humanidad ha hecho grandes avances en derechos sociales, avances científicos…que considero que han sido un gran paso para todos, pero también hay que saber cuándo hay que dejar de luchar, cuando hay simplemente que aceptar y esperar a que el tiempo te muestre cual era el aprendizaje. Y es en estos pensamientos cuando comprendo realmente lo que tantas veces he escuchado, el verdadero éxito es confiar en ti en todo momento, porque si realmente confías, sabes cuándo luchar y sabes cuándo parar, y simplemente, estás.

Y en mi particular viaje al pasado en busca de perspectiva sobre lo que realmente es el éxito, me encontré a Gustavo Adolfo Bécquer, que cogiendo papel y pluma me escribió:

¿Qué es éxito?

Dices mientras clavas

En mi pupila tu pupila azul

¿Qué es éxito?

¿Y tú me lo preguntas?

Éxito…eres tú.

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Enemigos.

Esto que escribo hoy sale de una reflexión que en parte viene desde mi rabia y en parte como perdón a mi misma. Lleva un tiempo sobrevolando mi mente, en verdad lleva casi un año, empezó el día que me di cuenta de que había entrado en la espiral de un miedo social que no alcanzo a saber dónde fue creado, el miedo a la infancia.

      ¿A la infancia? ¿Quién le tiene miedo un niño? Pues a priori nadie, pero en el fondo todos. Recuerdo que cuando nació Helena la miraba y la amaba, pero no sabía cómo tratarla, y a ese desconocimiento se unían los “llora para manipularte”, “los niños saben mucho”, “te usa como chupete, no se lo permitas”, “no la cojas que se acostumbra”, “no la metas en tu cama que estáis perdidos”…estos comentarios generaron en mi un miedo que sólo apaciguaba mediante el control, con una rigidez total en los horarios y el cuidado de ese bebé que quería manipular mi vida. Si dormía con ella mentía a los demás porque me sentía culpable de no hacerlo como los demás, me sentía culpable si me salía de los estándares de crianza que establecía la sociedad, y me sentía mal conmigo porque ese pequeño ser humano había conseguido dominarme. Recuerdo que cuando tenía sobre un año y medio consiguió bajar sola de la cuna, salió del dormitorio con una cara de felicidad enorme, y de su madre recibió solo una cara de pánico, porque me di cuenta ese día que por más que controlara ella iba a vivir su vida, y de que esas siestas a escondidas juntas iban a desaparecer antes de que me diera cuenta. Cuando hace un año nació Beatriz, Helena ya me había dado muchas lecciones de cómo ser madre, y yo había aprendido a mirar en mi interior. En ningún momento ha habido horarios rígidos, ni estrés, ni miedo irracional a que me manipulara un bebé de pocos meses. En estos meses me he dado cuenta de que había criado a Helena desde mi miedo, de que le había tenido miedo a un bebé, un miedo irracional que en algunos casos había superado el amor que le tengo.

      ¿De dónde viene este miedo? Esta semana lo he tenido claro, viene de que los adultos, los que controlamos el mundo, tratamos a los niños como a nuestros enemigos, todo ser vivo que nos recuerde que se puede vivir de una manera distinta a como dictan las normas, lo convertimos en nuestro enemigo, y la infancia es uno de nuestros más poderosos enemigos.

     Este mensaje me ha venido por tres veces, como suelen llegar los mensajes, y una vez que había decidido escribir sobre el tema, me llegó una cuarta vez, para que no se me olvidara. El primer mensaje me vino un día volviendo de llevar a Helena al colegio. Me comentaron que en un país europeo, de esos muy desarrollados, de cuyo nombre no quiero acordarme, los niños pequeños se quedaban en la calle en sus carros mientras los padres estaban en los bares, mi asombro fue enorme, por supuesto que a mí a veces me apetece salir sola, pero no entiendo la necesidad de separar totalmente el ocio de los adultos de el de los niños, porque claro, es una locura pensar que padres e hijos quieran divertirse juntos, y como los niños molestan y hacen ruido, pues a la p*** calle. El segundo mensaje llegó a mi casa durante un mediodía en el que Beatriz no dejaba de llorar. Mi pareja me dijo: “se está dando cuenta de que consigue cosas si chilla”, a lo que yo salté como un resorte: “pero si no sabe hablar, tendrá que pedir las cosas de alguna manera”. Enseguida él se dio cuenta de que había caído en la trampa social de que los niños nos manipulan, y es mejor que los manipulemos nosotros, que para eso somos los adultos, los desarrollados, los expertos, cómo diría mi padre, “los listos”. El tercer mensaje llegó en la reunión de vecinos de mi comunidad. Vivo en un sitio precioso con muchas zonas comunes, una de ellas llamada zona de juegos. Esa zona tiene un horario, pero varios vecinos, adultos, desarrollados, se quejaban de que había ruido y en un momento se habló de reducir ese horario. O sea, que después de pasar toda la mañana en el colegio y parte de la tarde haciendo deberes, solo pueden tener un rato minúsculo para poder jugar, y además en silencio y sin molestar. ¡Qué gran manera de reducir a nuestro enemigo!

      ¿Alguien se ha molestado en mirar que efecto tiene esto en los niños?¿Cómo nos sentiríamos cualquiera de nosotros si no nos dejasen entrar a un restaurante por ser simplemente nosotros?¿O si constantemente nos dicen que molestamos, que nos callemos, que no hagamos ruido, que no respiremos? Hay una respuesta alta y clara a todo esto, sólo tienes que darte una vuelta por cualquier instituto y ver la motivación que hay en el alumnado. Apatía. ¿Para qué molestarse en nada si los demás van a ser los que decidan por mí? Recuerdo comentarios de personas mayores que dicen que la juventud de hoy no tiene sangre en las venas… ¿qué sangre van a tener si desde pequeños los hemos congelado, paralizado? Muchos adolescentes hacen llamadas constantes de atención con su comportamiento, en un intento de decir que estoy aquí y respiro…y cuando estaba en estas reflexiones llegó el cuarto mensaje. Beatriz dormía la siesta en mis brazos, y yo me puse a hacer zapping buscando algo interesante, y lo encontré, en una cadena estaba la película Diarios de la calle, dónde una profesora intenta todo lo posible para cambiar la manera de enfocar la educación de sus alumnos en un barrio difícil, y lo consigue, después de muchos intentos, escuchándolos, así de sencillo y complicado a la vez. Y yo me pregunto, ¿quién escucha, en vez de juzgar de antemano, a esos adolescentes que una vez fueron niños criados desde nuestro miedo a perder el control de lo establecido?

            Si miro alrededor veo que las cosas van cambiando y muchos padres y madres nos estamos rebelando, queremos que nos dejen querer a nuestros hijos y disfrutar de ellos, aunque haya toda una sociedad en contra. Y si miro alrededor también sigo percibiendo ese miedo, ese miedo a que esos pequeños delincuentes llamados niños alteren nuestro perfecto y controlado mundo, porque si hacen demasiado ruido quizá me recuerden que hay un niño o una niña que hace mucho tiempo dejé de escuchar, y me recuerden que me atemoriza mirar a sus ojos, porque si miro a sus ojos corro el riesgo de recordar quién soy y todo mi perfecto y controlado mundo podría desaparecer, y mi vida sería sencilla y sin preocupaciones, como la de los niños, y eso, está claro, sería horroroso.

ENEMIGOS

Perspectiva.

…Desde la distancia, más pequeño todo es. El temor que me aferraba, no me va a hacer volver… Los que tenéis hijos pequeños habréis reconocido rápidamente la letra de la canción de Frozen, película que habré visto como unas doscientas cincuenta veces en los últimos meses, película a la que al principio no prestaba mayor atención y que el otro día me di cuenta de que tenía algo maravilloso: perspectiva.

            Me pareció maravilloso porque llevo varios meses descubriendo en mi vida que quiere decir realmente tener perspectiva. Una vez más he tenido esa sensación que tenía de pequeña y que hace años perdí, esa sensación de estar en el escenario de un teatro con un público invisible que seguía mi vida como si de una comedia de sobremesa se tratase. Cuando crecí y recordaba esos pensamientos pensaba que de pequeña estaba demasiado aburrida y que tenía mucha imaginación, pero el caso es que el pensar así me hacía reírme de ciertas situaciones y estar más tranquila. No sé si os ha pasado alguna vez que en mitad de una discusión a voces de repente os percibís de una manera muy absurda y os da un ataque de risa, ese tipo de cosas, que me pasaban de pequeña y luego perdí, me daban una perspectiva distinta de mí misma, hacía que me viera desde distintos ángulos y me permitía cambiar mi reacción. Una vez más me he dado cuenta de que de pequeña sabía más que de adulta y de que muchas veces el secreto es recordarte a ti misma lo que ya sabías. Así que he pasado los últimos meses mirando desde distintos ángulos y experimentando distintos comportamientos, y como en el fondo siempre me ha gustado el cine y el teatro, lo he seguido haciendo de esa manera. Al llegar a una situación compleja paraba la escena de mi propia película y me imaginaba suspendida de una cuerda observando la escena desde arriba, y desde arriba todo pierde fuerza y es cuando, en vez de reaccionar, puedo actuar.

            Para mi hay actualmente dos tipos de perspectiva, mi perspectiva “teatral”, y la que me da el tiempo, esa que va mucho más allá, la que te recuerda para qué has venido y qué estás aprendiendo aquí, la que te recuerda que si algo ha acabado es que ya era un lastre para ti, la que te recuerda que eres tú el que quiere probar hasta dónde eres capaz de amar, de perdonar, de tener paciencia, y que esa elección es exclusivamente tuya, y, por supuesto, la que te recuerda que nunca pierdes el tiempo y que puedes estar simplemente esperando tranquilo la corriente que lleve tu vuelo.

            Esta segunda perspectiva está siendo si cabe aún más liberadora, ya que por primera vez en mucho tiempo no me estoy exigiendo ni presionando tanto como suelo hacerlo, y si siempre he considerado básico el respeto hacia el ritmo de crecimiento de cada uno y no presionar, ahora es que no puedo concebir el apoyo a ese crecimiento sin el máximo de los respetos, porque cuando paro la escena y quedo suspendida en mi cuerda veo que cada una de las cuerdas de cada uno de mis compañeros de vida tiene distintas longitudes, en función de hasta dónde quieren probar cuanto son capaces de amar, de perdonar, de tener paciencia, de sentir abandono, de si quieren volar en cualquier corriente en una continua experimentación o si prefieren esperar una corriente que lleve su vuelo sin esfuerzo.

            Vive intensamente los días que te quedan y cuando todo esté inmensamente oscuro eleva tu vuelo y busca tu perspectiva, porque aún en la oscuridad de la noche la luna siempre nos ilumina.

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Respira

           No llego. No sé si lo estoy haciendo bien. ¿Le estaré fallando? Le he decepcionado. Puede que se moleste si le llamo. No sé en quién confiar. ¿Se habrá cansado de mí?…….BASTA. Ansiedad, todos la conocemos de cerca, esas incesantes voces en la cabeza, ese ruido que no te deja dormir, esa taquicardia que a veces no te permite tenerte en pie. En mi caso aparece cuando quiero tenerlo todo controlado, cuando quiero tener respuestas exactas, al fin y al cabo, cuando el miedo a lo desconocido me invade. Entro en mi burbuja de ansiedad y cuando me doy cuenta de donde me he metido solo me queda una salida: respirar.

            Recuerdo la primera vez que aprendí a observar mi respiración, fue en el embarazo de Helena, nunca antes había sido consciente del poder que tenía, que era capaz de aliviarme el dolor de las contracciones y de que me podía llevar de viaje al sitio más alucinante donde jamás había estado, en el AHORA. Después de conocer ese lugar empecé a frecuentarlo poco a poco, con reservas, llegaba a él observando una mirada, una sonrisa, el cielo mientras caminaba, sintiendo el aire, el sol, cerrando el paraguas para sentir la lluvia, cogiendo la mano de Helena….En esos momentos en la mente solo estaban mirada, sonrisa, cielo, aire, lluvia, mano…el resto era silencio. Pero de repente llegaba un día en que la burbuja me alcanzaba y entraba en ella, y otra vez la ansiedad, y cuando me daba cuenta, respirar.

            En estos cuatro últimos meses esa burbuja ha adquirido unas dimensiones considerables, han sido meses muy intensos, en los que ha llegado Beatriz, y como todos los bebés, con un pan debajo del brazo, en su caso un pan de aprendizajes. Poco antes de que llegara estuvo a punto de acabar una relación que siempre había estado ahí. Esta situación escapaba por completo de todo lo que yo podía esperar, y aquí me vino el primer aprendizaje, no dar por supuesto, porque si das por supuesto no estás en el AHORA. Pero solemos tropezar en la misma piedra, y volví a dar por supuesto, en este caso que recibiría ayuda para soportar toda la carga que estaba teniendo. Segundo aprendizaje: no dar por supuesto la ayuda, sobre todo sino la pides. En esos momentos mi burbuja se hizo tan grande que llegó hasta Marte, pero yo quería volver al AHORA, y Beatriz sonreía y yo volvía, y otra vez a Marte, y Helena me abrazaba y yo volvía, y otra vez a Marte. Respira….respira….respira…

            Tercer aprendizaje: No puedes detener las olas. La vida es como un mar inmenso, hay veces que el mar está en calma, otras veces hay un movimiento agradable, otras un fuerte oleaje. Cuando dominamos nuestra vida viajamos por ese mar con seguridad, aún con el fuerte oleaje. Respira y observa, vete al AHORA, y decide como vas a cabalgar sobre esa ola. Para respirar y observar hace falta aceptar que las cosas son como son, presencia para simplemente estar, de forma reposada y sin prisas, y comprensión para ti y para los demás.

            Sigo yendo en algunos momentos a mi burbuja, que ya ha vuelto de Marte, pero quiero permanecer en el AHORA, y respirar, y tirarme al mar, venga como venga.

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